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martes, 15 de marzo de 2016

"Prohibidas las escenas amorosas en este local". Bienvenidos a Costa Rica.

Día uno. Marzo 4.


Cinco de la mañana, la alarma sonó muy puntual. Y cuando digo 'muy puntual' no lo hago de manera incongruente, sino que la escuché desde el primer sonido que emitió. No sé si les ha pasado, pero yo siempre, un día antes del viaje, me pongo muy nervioso y en la noche no puedo conciliar el sueño. Tengo mil cosas en la cabeza que no hay cabida para ese estado. Por tanto dormí como tres horas.
Me bañé, me cambié y alisté las cosas que me faltaban colocar en la maleta. Desayuné en menos de cinco minutos. A las seis y media ya estaba en el auto con mi papá en camino al aeropuerto de la ciudad de México. Esperaba no haber olvidado nada, aunque siempre persiste la sensación de que algo falta.
Llegué una hora después y mi amiga Fabritzia, mi compañera en este viaje, ya me esperaba. Nos quedamos de ver en la puerta cuatro, donde está Interjet, la aerolínea que elegimos para este viaje. Preguntamos y nos dijeron que ahí no era el lugar, teníamos que subir al primer piso y dirigirnos al área internacional de Interjet. Hicimos el check-in muy rápido y documentamos el equipaje. Mi maleta pesó poco más de once kilos, casi nada.
Ahora sólo quedaba cambiar el dinero. Días antes había ido al aeropuerto con la intención de cambiar pesos mexicanos a colones, la moneda oficial de Costa Rica. Sin embargo, tuve poca suerte, sólo dos casas de cambio de unas veinte que visité tenían la moneda. En una de ellas me comentaron que sería poco probable que encontrara colones, ya que no les conviene tenerlos por lo pequeño del cambio. Un colón costarricense equivale a cuatro centavos mexicanos. ¡Nada!
Todo parecía indicar que tendría que cambiar pesos a dólares y después, una vez llegando a Costa Rica, cambiar a colones. Y así fue. (También es posible pagar directamente con dólares, sin embargo, investigando y leyendo en blogs de viajes, no recomendaban hacerlo porque muchas veces a los turistas que pagan con la moneda estadounidense les aumentan los precios).
Cambié aproximadamente siete mil quinientos pesos, es decir poco más de 350 dólares. Y no sabía qué esperar. No sabía si me alcanzaría para mi estancia de seis días en aquel país centroamericano. Sólo sabía, por personas que ya habían viajado antes, que todo era muy caro, y en mi interior imploraba que hubieran exagerado o que no fuera tanto.
El avión salió antes del horario previsto: 9:45 a.m. Y el trayecto duró poco más de dos horas. Llegamos al aeropuerto de San José, la capital costarricense, pasadas las doce del día. Aún no lo sabía pero no hay diferencia de horario con México. El vuelo fue tranquilo, sin contratiempos ni turbulencia. Nos ofrecieron diferentes bebidas y unas galletas. Pasamos el rato leyendo, platicando y jugando mankala. Perdí cuarenta pesos en menos de una hora. Fabritzia aprendió a jugar demasiado rápido.


El aeropuerto internacional Juan Santamaría es pequeño y el área de llegadas no es muy linda. Esperamos unos treinta minutos en lo que recogimos nuestro equipaje. Cambiamos los dólares a colones y nos dispusimos a salir de ahí. Quedé un poco impresionado con la poca seguridad que hubo al momento de sacar el equipaje del aeropuerto. Obviamente antes de salir el equipaje pasa por la cabina de rayos X, pero nadie cotejó si verdaderamente la maleta que llevaba conmigo coincidía con el código de registro. Sólo había una persona atendiendo y la verdad era insuficiente.
Saliendo del aeropuerto hay una parada de autobús donde, según nos dijeron, podríamos tomar el que nos llevaría al centro de San José. 'No hay pierde, el bus es rojo con negro y son de la compañía TUASA'. Fácil. La realidad fue que, a pesar de que muchos camiones con las características mencionadas decían San José, la mayoría no iba para allá. Cosa rara. Y lo peor, nadie sabía cuál era el camión indicado. Un autobús se puso frente a nosotros con la pinta de ser el adecuado y decidimos subir a preguntar. El chofer se arrancó pero no fue el correcto. Le pedimos bajar y nos dijo que aún así teníamos que pagar la tarifa de quinientos cuarenta colones (unos $22 pesos mexicanos) cada uno. Me sentí robado. Después me enteré que los autobuses en Costa Rica tienen unos sensores que controlan la entrada y salida del pasaje.
Un chico tico -gentilicio coloquial que se usa como sinónimo de costarricense- nos abordó y nos invitó a tomar un taxi, le dijimos que no pero él insistió. Ni siquiera han preguntado cuánto les costaría, nos dijo. Pero no estábamos interesados. 'Sólo serían quince dólares por los dos'. ¿Sólo? pensé, No gracias. En verdad quiso ayudarnos y nos dijo qué camión era el nuestro. En menos de cinco minutos ya íbamos rumbo al centro.
Lo que vimos no nos sorprendió. Encontramos un San José desordenado y con poco atractivo; más tarde lo confirmaríamos. Creo que lo más interesante del recorrido fue observar que dentro del autobús las agarraderas colgantes tienen escritas diferentes frases, como para que la gente no se aburra. Yo creo que la gente ya hasta se las sabe de memoria. Otra cosa interesante fue el hospital México, que sin saber en ese momento qué hospital era, nos pareció el Tlatelolco de San José. Su arquitectura es similar a este complejo habitacional en México: deprimente e icónico a la vez.
El bus tomó la Avenida Central y justo donde viró -en Costa Rica utilizan el verbo virar en vez de girar o tomar-, del lado derecho encontramos el Museo de Arte Costarricense, el cual no pude visitar pero me pareció, por fuera, el más interesante de los que vi, que tampoco fueron muchos. Nos fuimos familiarizando con la ciudad a lo largo de esa avenida. Al llegar a la terminal, ya en la zona centro, preguntamos por los camiones que van a San Pedro. Nuevamente nos encontramos con que nadie sabía muy bien y los que sabían, sólo sabían a medias. Preguntamos a muchas personas y siempre nos indicaban con esa forma característica que tienen: 'Subís 200 metros al sur y luego al oeste otros 200 o 300 metros'. Algo como eso. Yo sólo podía recordar mis lecciones de los puntos cardinales en la primaria, donde nos sacaban al patio y nos hacían buscar el sol y orientarnos. Ahora entiendo su importancia y creo que no pasé muy bien esa clase.
Durante el viaje a pie hasta el encuentro con el autobús que nos llevaría a Casa Yoses, nuestro hostal por esa noche, paramos para tomar algunas fotos y en un restaurante nos encontramos con un cartel muy singular que decía algo como "en este establecimiento quedan estrictamente prohibidas las escenas de amor". Creo que los ticos son muy cachondos y no tienen control de sí mismos. Qué risa nos dio. Nunca había visto una advertencia parecida.
Caminamos unos quince minutos hasta que pudimos dar con la parada correcta. Subimos al camión y le pedimos al chofer si nos podría avisar donde apear -otra palabra que los costarricenses utilizan y que es muy bonita-. Cuando esperábamos a que el bus arrancara, sucedió algo bien extraño. Contextualizo: tengo una conocida que es de Costa Rica y la cual contacté días antes para que me diera algunas recomendaciones. Ella vive en Santiago, en Chile, o al menos eso creía, pero me comentó que ahora estaba unos días en San José. Pensé sería excelente vernos, pero no le sería posible porque ya tenía un fin de semana muy ocupado. No pasa nada, de todos modos agradecí todos sus consejos. Aquí viene lo extraño, eso que a veces solemos llamar destino. Ella, Grettel es su nombre, abordó el mismo autobús que nosotros. No hubo contacto visual ya que se sentó unos lugares adelante y realmente no hubo oportunidad de acercarme. Más tarde le escribiría y le diría que abordamos el mismo autobús. Pero eso no quedó ahí. Cuando el chofer nos avisó que nuestra parada era la siguiente, nos alistamos para bajar y ella lo hizo también. El destino nos unió de una forma bien interesante, no había duda. Ya en la calle me acerqué y le hablé, casi lloro en ese momento. Fue una grata sorpresa y pudimos compartir unos minutos. Nos ayudó a localizar nuestra dirección. Nos despedimos y nos deseó una buena estadía en su país.
Alrededor de las cuatro de la tarde llegamos al hostal, un lugar muy lindo en una zona también linda. Nos recibió una chica de nombre Fe, creo que era de Alemania. Pagamos lo que se debía de la reservación y nos dio un tour por todo el lugar (la habitación en la que nos quedamos fue privada con baño compartido y pagamos 11000 colones cada quien, algo así como $440 pesos mexicanos). Finalmente llegamos a nuestro cuarto y descansamos un momento. Después nos alistamos para salir a conocer y también para comprar el boleto del camión que nos llevaría a nuestro siguiente destino. Le preguntamos a Fe cómo llegar a la terminal de Quepos/Manuel Antonio para comprar el tiquete -modismo costarricense sinónimo de boleto-. Entendimos la explicación pero llegar ahí no fue tan sencillo.
Mientras encontrábamos la terminal, pudimos conocer un poco más de San José. Y no nos encantó. Cada que veíamos algo nos quedábamos con una no muy buena sensación. Sin embargo, no perdíamos la esperanza y decidíamos darle otra oportunidad para que nos maravillara. Pero creo eso nunca sucedió. Personalmente pienso que San José es la mezcla de muchos elementos arquitectónicos y urbanos de épocas pasadas, pero que no se han actualizado, es decir, se ve viejo y sin encanto. Tal vez faltó recorrer la ciudad un poco más, pero la primera impresión no fue la mejor. Y en la gente tampoco vimos rasgos característicos. Encontramos personas de todas las tonalidades de piel, pero sin ningún parecido entre ellas.







Después de caminar un buen rato y tomar fotos de los puntos que llamaban nuestra atención, decidimos ir a comer algo. La caminata fue muy larga. Nos pareció extraño, pero no encontramos muchos restaurantes o sodas -lo que se traduciría como fondas o cocinas económicas en México- cerca. Fue toda una odisea encontrar un lugar. Al final dimos con el restaurante Nuestra Tierra, que está muy cerca del Museo Nacional de Costa Rica. Nuestra hambre era tal que más tardamos en llegar ahí que en terminar nuestros platillos. Yo pedí una Olla de Carne, que es caldo de carne de cerdo con verduras -parecido a un mole de olla mexicano-, y tomé una limonada con hierbabuena. Todo delicioso. Fabritzia pidió un Chifrijo, que es una rica combinación de frijoles, arroz, chicharrón y pico de gallo, acompañado con totopos -la base de la cocina costarricense es el arroz y los frijoles-. Entre los dos comimos un tamal de elote que nos gustó pero que no le pide nada a los tamales mexicanos. Ya nos sentíamos desfallecer si no comíamos algo pronto y quedamos muy satisfechos. (Pagué 7190 colones, $290 pesos mexicanos aproximadamente. Sentimos que había sido caro).
Al finalizar el día fuimos a visitar a Sandra, una amiga mexicana que ya lleva medio año viviendo en Costa Rica con su esposo y su hija. Ellos viven en Santa Ana, una zona de San José un tanto adinerada, pero al mismo tiempo desapartada de la ciudad. Como ya era tarde y tomar el autobús hasta allá era casi imposible, la opción fue tomar taxi. Creo que ha sido el viaje en taxi más caro que he hecho en toda mi vida. Santa Ana está a unos veinte minutos del centro de San José y el taximetro -la María en Costa Rica- marcó 11900 colones, es decir $476 pesos mexicanos.
En el camino pasamos a un lado del Estadio Nacional y el taxista nos comentó que antes ahí estaba el aeropuerto de San José. El estadio fue 'un regalo de los chinos', y sin duda me hubiese gustado visitarlo. Llegamos a casa de nuestra amiga y nos encantó volver a verla. Nos presentó a su esposo y de inmediato nos ofreció una cerveza Imperial, la cerveza de Costa Rica. La platica básicamente consistió en hablar mal de San José, del itinerario que deberíamos seguir y del futuro. Podría resumir, según lo que escuché esa noche, que Costa Rica es un país sumamente seguro, con un concepto de violencia totalmente diferente al que tenemos en México; un paraíso en cuestiones naturales pero muy pobre en cuestiones gastronómicas; y en extremo caro pero con una calidad de vida sin igual. Y durante el viaje lo pudimos corroborar. Me encantó volver a estar con ella, fue una noche muy agradable.
El regreso lo hicimos nuevamente en taxi y costó lo mismo que el de ida, una fortuna. Pasamos por una calle donde había un bar atiborrado, y el taxista nos comentó que era uno de los lugares más concurridos para salir en la noche, la verdad no recuerdo el nombre. Será en otra visita el poder conocerlo. Regresamos al hostal ya cansados pero muy entusiasmados por iniciar el nuevo día. Nos alistamos para dormir y caímos rendidos.



*Tips de viaje: Seguro San José tiene mucho que ofrecer pero yo no recomendaría quedarse ahí más de dos días. El centro de la capital tiene muchas cosas cerca, por tanto las distancias a pie son cortas. (El sitio oficial de turismo de Costa Rica propone tres caminatas por San José; valdrá la pena hacerlas). Cargar con un mapa o incluso con una brújula puede ser de ayuda, ya que como mencioné anteriormente, es muy común utilizar los cuatro puntos cardinales.
Mis edificios favoritos: el Teatro Nacional, la Catedral Metropolitana, la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad y el Edificio de la Caja Costarricense de Seguro Social.
Los autobuses, según nos dijeron, son muy seguros en el transcurso del día, pero en la noche ya no son recomendables. Los taxis son, desde mi perspectiva, el plan B: a menos que sea necesario utilícenlos, son seguros pero son muy caros.
Leyendo en blogs de viajes es inteligente gastar 60 dólares diarios en un viaje de no más de diez días (a menos que se lleve un presupuesto bastante suelto). El primer día gasté aproximadamente 86 dólares. Me asusté mucho, pero pude comprobar que a veces los 60 dólares son insuficientes. Recomiendo tener un control de gastos, anotando cada cosa que se compre.

Este primer día no fue nada musical, pero caminando en el Parque Central encontramos a un grupo de chavos bailando la canción Work de Rihanna. Puedes acompañar el texto escuchándola. :D

lunes, 19 de octubre de 2015

¡Tapioca, açaí y caipirinhas!

Día cinco-seis. Mayo 9 y 10.


La madrugada de este día fue muy mala. Mis compañeros de cuarto, tres chicos franceses, regresaron de la fiesta como a las tres de la mañana y llegaron aún con mucha actitud. Estuvieron platicando, a grito suelto, mucho tiempo y con la luz encendida. Para los que se han hospedado antes en un hostal, sabrán que el nivel de tolerancia crece exponencialmente. En general se comparte todo. En Books Hostel, mi hogar en Rio por tres semanas, a partir de la media noche no tiene que haber ruido. En ese momento, cada quien es libre de salir y divertirse en otro lado. Sin embargo, ellos no respetaron esa regla y lo peor, no respetaron a los demás en el cuarto (desafortunadamente era yo el único). Todo hubiera sido más entretenido de haber comprendido lo que platicaban, pero no entiendo francés. Dormí a ratos. Por fin volví a conciliar el sueño como a las seis de la mañana. Dos horas y media después sonó el despertador.
Desayuné en el hostal y decidí que ya era momento de comenzar el proyecto laboral que desarrollaría ahí. Antes los pondré en contexto. Cuando planeaba mi viaje, platiqué con una amiga sobre él y ella me recomendó buscar un programa del cual me he ido enamorando y que sin esa oportunidad creo que no hubiera podido viajar y conocer mucho de Brasil. El nombre de este proyecto es Worldpackers. Básicamente el viajero crea un perfil dentro de su página, se hace una búsqueda de los hostales que pertenecen a la comunidad en la ciudad que se visitará, cada hostal ofrece hospedaje e incluso alimentación (algunos hasta servicio de lavandería) a cambio de las habilidades del viajero. Entonces, si el hostal busca a un fotógrafo y el viajero cuenta con una cámara y además tiene conocimientos sobre ello, éste se puede postular y tener más suerte de encontrar una oportunidad. En verdad es increíble. La inscripción a este programa tiene un costo de 50 dólares por viaje, lo cual me pareció difícil de costear y de primera instancia, ridículo (después pude descubrir el por qué de esa cuota; en otra entrada hablaré de ello).

Books Hostel. Fotografía tomada de la página de Worldpackers.

Ya que me sería imposible pagar el dinero que se pedía para ponerme en contacto con el hostal, determiné hacer el contacto directo. Usé a Worldpackers únicamente como fuente de información. Envié un correo electrónico a Books Hostel solicitando la oportunidad de trabajar por alojamiento y la respuesta fue casi inmediata. En unos tres o cuatro correos, en los cuales me presenté y conté un poco mi historia de viaje y mis aptitudes, ya nos habíamos puesto de acuerdo. En un principio me dio miedo, ¿será verdad o sólo es una treta o algo por el estilo? Pero muchos elementos me decían que tenía que creer.
Yo apoyaría al hostal en un proyecto que tuviera que ver con diseño, el área que conozco más, y el periodo de trabajo sería de tres semanas. Una vez que llegué a Rio y me entrevisté con Felipe, el dueño del hostal, me explico en qué cosas podría contribuir. Pero ninguna de ellas me atrajo. Además, quería hacer algo que pudiera terminar en menos de veinte días y con bajo presupuesto. Comencé un plan para rediseñar un muro donde colocan fotos e información, como un tipo periódico mural. Pero me quedé estancado toda la mañana. No estaba convencido. Felipe me comentó que podría diseñar algún tipo de accesorio o mobiliario para la cocina. Pero definitivamente me llevaría más de tres semanas. Quedé sin saber qué hacer.
Mandé un mensaje a Félix Luna, un amigo mexicano que actualmente se encuentra en Rio y que en ese momento llevaba un mes. Nos pusimos de acuerdo para comer juntos. Quedamos a las 15:30 hrs. afuera del metrô Largo do Machado, donde hay una plaza del mismo nombre. Antes de llegar con él me dirigí al centro a pie y visité dos lugares. Uno fue el Centro Cultural Banco do Brasil (CCBB), ahí entré a la exposición Bracher - Pintura e permanência, del pintor brasileño Carlos Bracher, no me encantó su trabajo. El otro lugar fue Casa França-Brasil -antigua plaza de comercio-, muy bonito edificio por dentro y por fuera, y la exposición que encontré me gustó bastante. El artista brasileño Rodrigo Braga (ya artista favorito) presentó Tombo, una instalación con troncos de palmeras imperiales muertas que contrastaban con las columnas neoclásicas del espacio. Después, investigando más de su obra supe que le atrae la idea de trabajar con la naturaleza. Fue una exposición muy interesante y un lugar que recomiendo totalmente.





La hora de la cita se aproximaba y fui al encuentro. Para llegar ahí usé el metro en la estación Uruguaiana, la cual nunca había visitado. Bajé en Largo do Machado, cinco estaciones hasta ahí. Me dio mucho gusto volverlo a ver. Nos actualizamos un poco y nos dirigimos a comer. Me llevó a un puesto callejero, no recuerdo el nombre de la calle, pero muy cerca de donde nos vimos. En este puesto vendían tapiocas, las mejores según me dijo: una especie de masa doblada con queso adentro, o coco, o plátano, o mantequilla. Ahí fue la primera vez que la probé, aunque no quedé encantado. Siempre digo que mi primer pensamiento al probarla fue que estaba cruda. Después supe que la tapioca es como si fuera una quesadilla hecha a base de farinha de mandioca -harina de mandioca o yuca en español- (la mandioca es un tubérculo) y para el relleno funciona lo que se tenga a la mano: queso, jamón, mermelada de fresa, cajeta, lo que sea combina bien ya que la harina no tiene un sabor específico. Según mis notas escribí sobre ella: "me gustó pero no es una delicia". Creo que en ese momento la valoré mal, porque después se convertiría en mi pan de cada día, y no me cansé de comerlo. La tapioca fue acompañada con una cerveza (el precio por todo fueron unos R $10.00). Quedé muy sorprendido de saber que en Brasil está permitido beber en la vía pública. En México no es así; sí, hay lugares en donde la gente toma cerveza preparada en plazas o lugares concurridos, pero según yo es delito. Lo sé porque una amiga fue subida a una patrulla por llevar su vaso con un poco de cerveza una vez que el tiempo para permanecer en el bar había expirado. ¿De qué dependerá que allá sí y acá no? Desconozco si en otro país de latinoamérica se permita, pero lo hallé muy extraño y a la vez liberador.
Después me llevó a comer açaí -de esto ya me habían hablado desde México-. Según entiendo es una fruta casi exclusiva de Brasil, es parecida a una uva morada, pero más morada y dura. Tiene muchas propiedades naturales, pero principalmente combate el envejecimiento de las células e incluso se cree es anticancerígena. En toda mi estancia en Brasil jamás vi la fruta en vivo, lo que comí en ese momento fue un tipo helado, aunque la consistencia era de natilla, muy batido. Era un tazón -tigela en portugués- enorme, como de sopa. Escribí: "no me encantó pero tampoco sabe mal". Es uno de los emblemas de Brasil. Se tiene que probar (costó R $17.00).
Más tarde volvimos a la plaza dónde nos encontramos. Tomamos un café -sí, café en portugués es cafezinho- (costó R $2.00 algo así como $10.00 pesos mexicanos) y esperamos que comenzara un concierto de jazz que darían ahí, me parece que formaba parte de un evento cultural. Inició y se convirtió en uno de mis momentos favoritos en Rio. La gente es muy musical; esta apreciación, que un amigo me había compartido, la entendí totalmente.
Ahí probé por primera vez la famosa caipirinha y fue amor a primera vista. La caipirinha lleva un aguardiente, como el mezcal o el tequila, que se llama cachaça y proviene de la caña de azúcar. Se le pone también limón, azúcar y mucho hielo. Es dulce y refrescante a la vez. Me encantó.


Al finalizar el concierto Félix me invitó a su casa y antes de irnos nos encontramos a una conocida de él. Carolina, una colombiana, psicóloga y súper chévere. La invitamos a la "fiesta" y nos acompañó. La casa de Félix está lejos de la civilización. Caminamos unos cuarenta minutos hasta ella. Está en Cosme Velho, muy cerca de la entrada al Corcovado. Pero pese a que fue una caminata pesada, como si subiéramos una montaña, fue muy amena. Compramos cervezas y llegamos finalmente.
Valió todo. La casa de Félix es preciosa. Muy grande y con un aire de hacienda vieja y colonial. Félix está haciendo un tipo de residencia artística en Rio y comparte la casa con otras personas, que también obtuvieron esta residencia. Nos presentó a todos, un grupo bastante ecléctico y de todas los países posibles: Sudáfrica, Alemania, Turquía, Chile. Comencé a platicar con la chica de Sudáfrica, no recuerdo su nombre. Hablamos de su país, del mío, de la violencia, tema inmerso en ambos pero también tema con el que trabaja y que le motiva a hacer arte.
Bebimos, platicamos y después se inició una especie de experimento sonoro entre todos. Con los objetos que había en la habitación, palos, sartenes, mesas, cojines, manos, se produjeron distintos sonidos. La idea era hacer una armonía, además de una melodía. Fue una batucada improvisada. Después se integraron otras personas, un chico de argentina entre ellos, y se hicieron cantos unidos a la música, eran como mantras o sonidos repetitivos. Muy interesante.
Como a las dos y media decidí ir a dormir. Carolina ya se había ido a su casa. Yo no me fui porque le pedí alojamiento a Félix. Me indicó dónde dormiría y ahí me instalé.

 ..........

Al día siguiente, bueno, ese mismo día pero más tarde, desperté y lo primero que hice fue mandarle un mensaje a mi mamá por el día de las madres. De verdad que estar sólo no es fácil. Lloré mucho esa mañana. Pongo en una balanza lo que he vivido estos días lejos y lo que dejé. Creo que ha valido mucho la pena, pero es difícil. Le agradecí por confiar y creer en mi.
Después desayuné con Félix. Preparó huevo revuelto con berenjena (delicioso), y probé una fruta, no recuerdo el nombre, pero que parece un jitomate. Fue extraño porque en mi mente tenía el sabor de esta verdura y no me hacía sentido con el sabor dulce de la fruta. En el desayuno nos acompañó Giorgio, el casero, un señor muy atento, amable y servicial. Me estuvo dando consejos y platicando precisamente de la comida brasileña. Finalmente me despedí, con la consigna de volver. Caminé la calle que un día antes había subido. Ahora lo hacía bajando. Si no mal recuerdo la calle era la Rua Cosme Velho que se convierte en Rua das Laranjeiras. Después tomé el metro hasta el hostal.
Cuando llegué me bañé y me alisté para salir. Ya eran pasadas las tres de la tarde. Debería estar trabajando y aprovechando el tiempo, pero no podía concentrarme. Me dirigí al Museu Naval. En facebook encontré, a través de la página Veja Rio, un evento que tendría lugar en la Ilha Fiscal, una isla que está muy cerca de Rio, en el interior de la bahía de Guanabara. Este lugar funcionó como la oficina de la guardia que atendía a la capital del imperio. Actualmente es un museo y un lugar impresionante desde su arquitectura gótica, parece un castillo. El evento al que asistí fue un concierto de arpa. La verdad es que me motivaba más conocer la isla que el concierto, pero no estuvo nada mal. Llegamos en un barco, a pesar de que es posible llegar en auto, porque la isla está conectada por medio de un pequeño camino. Sin embargo, este acceso está restringido. Fue un bonito recorrido. En diez minutos ya estábamos arribando.







El lugar es precioso, me gustó bastante. recomiendo visitarlo al cien por ciento. Por suerte encontré la oportunidad de ir de manera gratuita, pero visitar la isla tiene un costo de R $25.00 (unos $125.00 pesos mexicanos aproximadamente). El concierto duró una hora más o menos. Calculo que unas 70 personas estuvimos ahí. Cuando acabó, el sol ya se había ocultado. El regreso al hostal tendría que ser a pie, ya que el metro no estaba cerca ni del lugar donde desembarcamos ni del hostal. al menos tendría que hacer un trayecto a pie. No valía la pena. Pero fue sorprendente encontrar tan desierta la ciudad, al menos en ese lado. No había nadie en las calles a pesar de que eran las siete o las ocho. Me dio miedo caminarla. No sé si fue por el día de las madres y además domingo, pero parecía una ciudad abandonada.
Regresé al hostal y compré para cenar un salgado de carne -como una empanada- (R $4.00). Al final de ese día anoté en mi diario: "recordar mañana comprar despensa y organizar mi tiempo para concluir el proyecto".


*Tips de viaje: Vale mucho visitar el Centro Cultural Banco do Brasil (CCBB); la entrada es gratis y tiene mucho qué ofrecer. Yo no pude visitarlo completamente, ya que es muy grande, pero lo recomiendo ampliamente. La Casa França-Brasil también es entrada libre, es un lugar mucho más pequeño que el anterior pero muy interesante, cuenta con un espacio para leer y un restaurante/cafetería. El Museu Naval podría no visitarse, a menos que gusten de temáticas navales y de marina. No recuerdo si entre semana tiene un costo, pero los domingos es gratis. La Ilha Fiscal es hermosa en verdad, sin embargo, no sé si valga la pena gastar tanto. No tuve tiempo de visitar la exposición, pero creo que es una permanente que también tiene que ver con cosas de navegación.
En cuestión de comida recomiendo probar todo. Quizá nuestro estomago lo resienta al principio porque no está acostumbrado pero no puedes irte de Brasil sin probar la tapioca y el açaí. Y menos las caipirinhas.

Para una mejor experiencia lectora acompañe el texto escuchando Cosmic Love, interpretada por Florence + the Machine, en la cual se puede oír un poco de arpa y es una canción que me fascina. Pretendía compartir una pieza que escuché ese día en el concierto, pero no la encontré. Se titula Nagumomu de Bhushan Dua -según Shazam. :D

jueves, 10 de septiembre de 2015

Dois Irmãos!

Día cuatro. Mayo 8.


Hoy ha sido el mejor día en Rio hasta ahora.
Me levanté desde las ocho de la mañana. Me bañé y vestí. Bajé a desayunar. Fruta, leche, pan, jamón, queso, cereal, los alimentos están dispuestos, el cómo comerlos depende de cada persona y su capacidad creativa. Noto que cada vez me alimento más para sobrellevar el día. Trato de no mal pasarme al mismo tiempo que intento economizar lo más que pueda y ocupar el dinero en conocer otras ciudades dentro de Brasil. Con el pan, el jamón y el queso hago sandwiches, los cuales guardo en una bolsa de plástico y los oculto sigilosamente en mi bolsa para comerlos más tarde, cuando me vuelva a dar hambre.
Por fin pude entablar una conversación importante con alguien del hostal y lo mejor, yo comencé la plática. Creo que ya detecté mi miedo y es el miedo al ridículo. Mi inglés no es fluido. Lo entiendo bastante, pero me cuesta pensar y expresarme en inglés. La mayoría de los huéspedes hablan en este idioma, y la siguiente mayoría habla portugués, así que estoy fregado. He descubierto que tengo cierta apertura para aprender nuevas lenguas, pero no sé por qué en este viaje me constó expresarme en inglés. Por tanto eso hacía que me contuviera de hablar. Entonces ya imaginarán en que idioma fue mi primera conversación exitosa. Sí, en español.
Ángelo era su nombre, un chico de Perú que andaba en Brasil conociendo y en la aventura. Pero además su viaje tuvo un propósito específico. Él es comerciante, vende diferentes productos en el aeropuerto de su país e hizo una comparación de precios de lo que se vende en los aeropuertos de ambos países. Por ejemplo, la cajetilla de cigarros es más barata en Perú, según me dijo, pero el chocolate tiene mejor precio en Brasil. Sería bueno definir el por qué de estas variaciones, pero es un interesante proyecto. Comentamos de los lugares que hemos visitado y de cómo continuará el viaje después. Hoy fue su último día en Rio y se dirige a Paraty, una ciudad colonial dentro del estado de Rio de Janeiro que, según me cuentan, es hermosa. Espero volver pronto y conocerla también. Al final nos despedimos y nos deseamos suerte.
Antes de continuar el relato tengo que comentar una situación que da sentido a lo que sucedió después. Al planear mi viaje desde meses antes, buscaba algún lugar en el que pudiera trabajar. Y una de las opciones que veía más viable era trabajar como voluntario. En esa búsqueda encontré un proyecto que se llama Iko Poran. Sin embargo, el precio era alto y no podía costearlo. Fue a través de sus redes sociales que encontré un centro de lenguas en Rio, con cursos de portugués para extranjeros. El nombre de esta escuela es Casa do Caminho, y desde ese momento sigo las actualizaciones de su página en facebook.
Ese día, cuando estaba desayunando, encontré que organizarían una trilha -excursión en español- a Dois Irmãos, una formación montañosa que en portugués se le conoce como morro, que según el google translate se traduciría como colina en español. Si uno está en Ipanema, observando el mar de frente, Dois Irmãos se puede ver a la derecha. Es esa montaña que tiene dos picos. Es uno de los puntos más altos de Rio y también uno de los puntos obligados para visitar. Decidí ir para allá.
Me alisté. Mi cámara, unos tenis y el agua suficiente para beber me acompañaron. Determiné mi ruta para llegar a la escuela, ubicada en Ipanema. Decidí entonces utilizar el metrô por primera vez. Es muy bonito, limpio y organizado, la gente es muy respetuosa de las indicaciones. Lo único malo es que no hay las conexiones suficientes para visitar todo Rio, sólo hay dos líneas no muy diversificadas (actualmente se está trabajando en extender sus rutas y se prevé estén listas para el próximo año, antes de que comiencen las olimpiadas). El viaje sencillo cuesta R $3.70 -$18.00 pesos mexicanos, aproximadamente-. La estación más cercana al hostal es Cinelândia, y se ubica a unos diez minutos caminando. La estación en la que descendí fue General Osório, terminal de la linha 1. De ahí caminé unos diez minutos más. Llegué a la escuela antes de las 13:00 hrs., la hora acordada. Poco a poco fue llegando gente con diferentes nacionalidades para sumarse a la caminata.


Esta excursión fue toda una experiencia. Lo mejor es que es una actividad muy económica, no se cobra la entrada al lugar, sólo se paga el traslado ida y vuelta. Después de que la gente llegó nos dirigimos a un punto de ônibus ubicado en la avenida Vieira Souto, que justo está frente al mar. El costo de ese autobús fue de R $13.40, casi como unos setenta pesos mexicanos. Sí, sé lo que están pensando.
Durante todo este viaje pude compartir y conversar con gente de muchos lados, pero conocí a dos personas que enriquecieron mi experiencia. Primero Luna, una chica ecuatoriana buenísima onda, enamorada del mundo y del patinaje. Y Christopher, un chico de USA que hablaba español muy bien y estaba en Rio aprendiendo portugués. Al platicar fue interesante descubrir las mezclas lingüisticas que se hacían. La mayoría hablaba en inglés, sin embargo, ya que se encontraban aprendiendo portugés, se forzaban a practicarlo. Pero a veces la combinación de idiomas en una misma oración era inevitable. Es común pensar que aprender un idioma es complicado, pero no reparamos que muchas palabras son similares en una u otra lengua. Es sólo cuestión de escuchar, escuchar, escuchar, y poco a poco una palabra tendrá sentido y relación en el idioma de cada uno.


El autobús hizo unos quince minutos hasta la favela Vidigal, ubicada en torno a Dois Irmãos. Una vez allí se debe tomar una combi o una moto, según el nivel de confianza y valentía que se tenga, hasta la entrada del parque. Una parte del grupo, íbamos unas veinte personas, se fue en motos y los demás en la combi. Yo me fui en esta última. Según Davi, excelente guía y persona, el precio del transporte para subir y bajar es de R $3.00, sin embargo, de ida nos cobraron R $5.00 y de regreso R $3.00 (poco más de $40.00 en total). Este fue mi primer encuentro, muy palpable por cierto, con las favelas. Aunque ese día ni siquiera lo percibí. Más adelante dedicaré un relato para contar acerca de este modo de vivir.


Una vez que la combi nos subió y que todo el grupo estuvo completo, comenzamos el ascenso. A pesar de ser un viaje a pie, con una duración aproximada de 40 minutos según el ritmo del grupo, no es complicado hacerlo. Si no se tiene experiencia o condición física adecuada puede que sea más pesado, pero no imposible. Toda persona lo puede realizar. El terreno en tramos es empinado y resbaladizo, pero en general es llevadero. Y es que la vista al llegar a la cima lo vale todo, es impresionante. De un lado se puede ver el mar de Ipanema y Copacabana, el Cristo de Corcovado y la laguna Rodrigo de Freitas, y del otro encontramos a, según Wikipedia, la tercera favela más grande de Brasil, Rocinha. Es un contraste muy interesante que después llegué a observar con más frecuencia. 





Estuvimos unos quince minutos en la cima, contemplando, tomando fotos, haciendo de este instante algo eterno. Después el descenso fue más sencillo, claro, con su grado de dificultad. Cuando bajábamos pudimos observar parte de la fauna típica del país. Los famosos macacos brasileños.


Una vez que llegamos a las faldas de la colina probé la comida callejera de Rio en un puesto bastante improvisado: los salgados de carne, una especie de paste mexicano pero más rectangular y alargado. Al comer un salgado se acostumbra tomar caldo de cana, bebida extraída directamente de la caña de azúcar durante el proceso de molienda. Todo delicioso. (Precio: R $3.00 cada salgado, unos quince pesos mexicanos).
Después regresamos a la escuela en un autobús que nos dejó sobre la playa de Ipanema -fue extraño pero este autobús cobró R $4.00, casi diez reales menos que el de ida; aún no entiendo por qué fue así- y volví a tomar el metro hacia el hostal.



*Tips de viaje: Recomiendo bastante hacer esta actividad, casi como una obligación. Sin embargo, es importante que se haga en grupo o con alguien local y que lo haya hecho antes, ya que para llegar a la entrada se debe atravesar una favela. (El tema de las favelas es delicado, algunos dicen que el conflicto ya está controlado, otros mencionan que sí es peligroso visitar alguna). Por tal motivo sería bueno hacer una búsqueda de quiénes y cómo ofrecen este servicio, y no aventurarse a ir solos.
Una de las cosas que se pueden hacer aquí, y que realmente me hubiese gustado hacer, es ver el amanecer. No sé exactamente su precio, pero recuerdo que costaba unos R $70.00 (poco más de $350.00 pesos mexicanos). Es caro, pero pienso vale la pena. Comparto el grupo Trilha Dois Irmãos como una opción o la misma escuela Casa do Caminho.

Para una mejor experiencia lectora acompañe el texto escuchando Águas de Março, interpretada por Elis Regina. :D

jueves, 3 de septiembre de 2015

Flamengo y Botafogo a pie.

Día tres. Mayo 7.


El miedo continua ahí. Y pienso que tal vez nunca se irá. Hay personas más sociables que otras, yo no lo soy tanto, pero trato de que esto no me genere dificultades. Hoy hubo un pequeño avance, pude compartir algunas palabras con otros huéspedes, pero nada relevante, espero mañana tener mejor actitud.
Revisando mis notas descubrí que este día no escribí mucho. Fui muy conciso y breve. Por tal haré uso de mi memoria para enriquecer mi relato.
Caminé un resto. Mi recorrido inició en el mar. Por fin nos encontramos. Aunque no me impresionó. La primera playa que conocí, puesto que es la más cercana a Lapa, el barrio donde se encuentra el hostal, fue la playa de Flamengo. Es un lugar muy tranquilo, con poca gente. Esta playa está muy cerca al Aeropuerto Santos Dumont, el aeropuerto que actualmente enlaza a otras ciudades dentro de Brasil. Praia do Flamengo (vista en la fotografía de abajo) es una playa utilizada únicamente como lugar de esparcimiento, ya que sus aguas no son propias para el baño. Según Wikipedia, esta playa tiene 1.7 km., los cuales caminé hasta llegar a la playa contigua, Praia do Botafogo. Para llegar a esta playa a pie, se debe recorrer el parque do Flamengo, que cuenta con campos de fútbol y espacios para patinadores y ciclistas, y además presenta una increíble vista al Pão de Açúcar, una de las principales atracciones en Rio. Botafogo es una playa muy pequeña, en forma de media luna, y al parecer tampoco apta para el baño, porque no encontré a mucha gente en ella.



Crucé la avenida dos Naçoes Unidas para llegar al Centro Empresarial Rio, que está frente a la playa. El cruce peatonal me dio un poco de miedo. Se trata de un cruce subterraneo -ahora que lo pienso Rio no tiene puentes peatonales, nunca vi alguno-, para ciclistas y pedestres -peatones en español-. Sin embargo, no sabía si sería peligroso o qué encontraría. Afortunadamente no sucedió nada. (Tengo que abrir un paréntesis en mi relato y decir que Rio sí es una ciudad muy peligrosa, al menos así lo fui descubriendo. Se percibe una vibra extraña. Por ello mi nivel de paranoia y mi estado de alerta estaban en rojo. Trataba de que no se notara y me parece lo logré. Rio es una ciudad bien especial, con mucha oferta cultural y turística, pero desde mi punto de vista puede opacarse por esta situación). El Centro Empresarial sólo vino a reafirmar mi idea de que Rio no es Rio. Sin duda en este lugar no hay playa, pensé al estar ahí. Me senté un rato para descansar. Calculo que caminé unas cuatro horas más o menos hasta llegar a este punto.


Según mi guía amiga, el museo Carmen Miranda, dedicado a esta legendaria actriz y cantante porto-brasileña, estaba cerca de ahí y continuaba abierto, según el horario. Caminé unas cuantas cuadras, pregunté a una señora que me vio perdido, me indicó por dónde ir. Tenía que cruzar la calle. Faltaba poco. Finalmente vi un letrero y llegué. Pero no tuve suerte. Al parecer, porque no entendí mucho de lo que me dijeron los guardias de la entrada, el museo está cerrado por el momento. Y la verdad es que el edificio y el predio se veían descuidados. Quizá se encuentra en remodelación. (Buscando en la red descubrí que lo están reubicando a otra zona de Rio).
Repensé la ruta y decidí dirigirme a un espacio cultural que, aunque no esperaba mucho, me gustó bastante. Oi Futuro (Flamengo), un museo que, si tuviera que comparar, sería el Centro Cultural de España en México (CCEMX). Encontré dentro el Museu das Telecomunicações y una exposición bien buena, Eija-Liisa Ahtila, donde descubrí a esta artista contemporánea finlandesa que en verdad hay que seguir. Me gustaron mucho sus instalaciones audiovisuales, en especial Horizontal, la grabación de un árbol muy alto y el movimiento de sus ramas. Lo interesante es que el árbol está presentado, a través de unos seis proyectores, en una habitación lo bastante grande para verlo en su totalidad; sin embargo, gracias a su dimensión, el árbol se ve de manera horizontal, como si éste estuviera caído. Fue relajante. Estuve bastante tiempo en este lugar.


Después caminé sin rumbo fijo y llegué al Museu da República y a sus grandes jardines. No pude entrar ni a este ni al Museu de Folclore Edison Carneiro, ubicados en el mismo predio, ya que se estaba oscureciendo y aún estaba lejos de casa. Su jardín es impresionante y tiene estas palmeras que me enamoraron. La palmera de la que escribo es la conocida como Palmera Imperial, que alcanza alturas de hasta 40 m. En muchos lugares de Rio, y de Brasil en general, se pueden contemplar.


Finalmente, mi tercer día concluyó en otro de los puntos turísticos más visitados: Escadaria Selarón o la escalera de Santa Tereza, ya que conecta a este barrio, Santa Teresa, con Lapa. La escadaria -escalera en español- tiene una decoración a base de mosaicos hechos por el pintor chileno Jorge Selarón. (Recién me entero, al hacer un poco de investigación sobre este artista, que en 2013 fue encontrado muerto justo en los últimos escalones de esta escalinata, y se presume se suicidó quemándose, ya que se encontró junto a su cuerpo un solvente y un encendedor). Según internet, la escalera cuenta con 215 peldaños (los subí todos y salí bien librado), todos revestidos con piezas de cerámica que contienen dibujos o pensamientos de diferentes contenidos. Necesitaríamos todo un día para observar la obra completa. A la hora que llegué, a eso de las 17:30 hrs. aproximadamente, aún con luz, había mucha gente tomándose fotografías y buscando detalles en los mosaicos, recuerdo que también había vendedores de artesanías. Pero la verdad no recomiendo visitar este lugar más noche, pese a que tiene buena iluminación, y mucho menos si se va solo. No es una zona muy segura.
En general fue un buenísimo día. Rio es sorprendente.



*Tips de viaje: Después de que realicé la caminata entre Flamengo y Botafogo me enteré de que no es un lugar muy seguro y más porque no es muy visitado entre semana. Recomiendo estar muy atento en todo momento. Oi Futuro tiene entrada libre todos los días y vale la pena ir; el edificio tiene una terraza con una vista interesante, que invita a pasar un rato ahí; también hay una cafetería. Como mencioné no pude visitar el Museu da República, ni el Museu de Folclore, pero creo que recorrer sus jardines debería ser un punto obligado. La Escadaria Selarón es imperdible y además es gratis, podría decir que este lugar tiene toda la vibra carioca que Rio puede brindar.

Para una mejor experiencia lectora acompañe el texto escuchando O Sapo, interpretada por João Gilberto. :D

viernes, 14 de agosto de 2015

Bem-vindos!

Día uno. Mayo 5.


La verdad tenía mucha fe en este día. Mi calvario comenzó unos diez días antes. Desde el 23 de abril intenté comenzar mi aventura hacia Brasil y nada que podía. Pero ese día fue diferente. Todo apuntaba para que la respuesta fuera positiva y me asignaran un lugar en el avión: martes, un día de la semana en el que nadie viaja, y además la temporada alta o vacacional ya había terminado. Sin embargo, no fue hasta que llegué a Rio de Janeiro que todo se volvió real; bueno no, creo que fue antes.
El vuelo salió el cinco de mayo pasado aproximadamente a las 00:45 horas. Mientras esperaba en la sala me solté a llorar. Un llanto de miedo, de ansiedad, de comenzar algo nuevo. Contesté mensajes, escribí adiós muchas veces, leía y releía las despedidas que algunas personas me escribían. Lloraba y lloraba. De pronto pensé que minutos antes mis padres me habían abrazado y besado por última vez quién sabe por cuánto tiempo, porque hasta ese momento no tenía certeza de cuándo volvería. No hubo llanto en ese instante, era más la emoción. Y entonces me dí cuenta que ésto ya había iniciado. Era yo contra el mundo.
El viaje no fue del todo malo. Viajé con Aeromexico y el servicio en general fue bueno. Cena y desayuno para no morir de hambre, personal atento, trayecto tranquilo, creo sin turbulencias. Pero lo mejor, a lo que llamé mi recompensa por esas horas de desvelo y nerviosismo acumulado, poder acostarme sobre los tres asientos de la fila -ya que el vuelo iba casi vacío y no tuve compañeros a mi lado-. Dormí la mayoría del tiempo. Tuve molestias estomacales controlables, relacionadas, creo yo, con el mar de emociones que tenía y que seguirían después.
El aeropuerto internacional de Rio, Aeropuerto Internacional de Galeão, no tiene nada de extraordinario -extraño, pero las grandes ciudades de Brasil tienen dos o más aeropuertos, uno para vuelos internacionales y el otro o los otros, para vuelos nacionales o para aviones de pequeñas dimensiones-. Lo hallé feo y sin chiste, tal vez se deba a que lo están remodelando para las olimpiadas del próximo año. He escuchado a mucha gente decir que los aeropuertos son feos; no estoy de acuerdo con esa opinión, pero éste sí me lo pareció. No tuve problemas con migración y el proceso fue rápido. Tomé un ônibus que me llevó al centro de la ciudad (R $15.00. La moneda de Brasil es el real y equivale, más o menos, a $5.50, pesos mexicanos). El aeropuerto está algo lejos de la zona turística, el trayecto duró unos 40 minutos. El tránsito es infernal.
A primera vista, desde la ventana del autobús, Rio me pareció una ciudad bohemia. Pero también percibí un aire de crisis, la noté desordenada, aunque qué ciudad no lo es. Recordé ciertos paisajes urbanos que he visto en la ciudad de México donde los techos de las casas se ven coloreados de blancos asbesto y negros rotoplas, tinacos viejos y nuevos. En Rio el color es el azul, el azul Fortlev (empresa brasileña de tinacos). Lo poco que vi me agradó.
El autobús recorrió la avenida Rio Branco, donde bajé a la altura del metrô Cinelândia. Días antes había revisado en internet qué camino seguir una vez que estuviera en el centro, pero una cosa es ver el mapa en google y otra muy diferente ver las calles en vivo y por primera vez. Sabía que me encontraba cerca del hostal donde viviría por 22 días, y conocía la dirección que tendría que tomar, pero no sabía para dónde moverme. Mi referencia eran los Arcos da Lapa (se pueden observar en la fotografía de arriba), pero no los veía por ningún lado. Fue cuando decidí preguntar a alguien. En una esquina encontré una escuela de música y a un guardia en la entrada. Pregunté en español por la calle: Rua Francisco Muratori. Creo que me entendió un poco y él a su vez le preguntó a otra persona. Hablaron entre ellos y me dieron las indicaciones. Entonces pensé, Dios mío, el portugués es más difícil de lo que creía. Recuerdo que en el avión escuché algunas conversaciones pero fue en esa situación que me topé con pared.
Caminé un poco más y llegué a una estación de información turística. Pregunté a un señor que estaba ahí y me dijo exactamente cómo llegar, todo en inglés, y no fue nada difícil. Alrededor de las 16:00 horas llegué a lo que fue mi hogar durante tres semanas: el mejor hostal de Rio, Books Hostel. Pregunté por Felipe Barbosa, la persona con quien me contacté desde México para poder trabajar con ellos en el hostal, pero no estaba, regresaría hasta el siguiente día. Me atendió un chico buenísima onda, que días después supe que se llamaba Ben. Me llevó hasta la habitación donde me quedaría, un cuarto con tres literas, pero que hasta ese momento sólo cuatro personas ocupaban. Mi litera sería la del final, del lado derecho en la parte de arriba. Me mostró el hostal de forma general, lo necesario para familiarizarme con el lugar. Me instalé y bajé a la terraza/bar -mi habitación se encontraba en el segundo piso-. Pedí la contraseña del Wi-Fi y me contacté con algunas personas de México y con Félix Luna, un artista y amigo mexicano que ahora está viviendo en Rio.
Aproximadamente a las siete de la noche salí a caminar un poco. Me sorprendí de lo pronto que se oculta el sol, aunque después pensé que era normal, el horario de invierno estaba en ese momento -cuando es primavera en México o en los países de la parte superior del ecuador, en Brasil y en los países de la parte inferior es otoño-. Mi caminata duró unos cuarenta minutos y fue más una exploración. Me sentí un tanto seguro, siendo un pseudo carioca -así se les llama a las personas originarias de Rio de Janeiro-, pero también tenía algo de temor. Antes de llegar a Brasil escuché tantas cosas de Rio, y una de ellas fue que era una ciudad altamente peligrosa; tenía que estar alerta, no quería comenzar mal el viaje. Aunque también pensaba que la gente a veces puede ser muy alarmista.
Llegué a los arcos nuevamente, ahora vistos con luces artificiales y el ambiente nocturno: en la gran plaza encontré a un grupo de personas que tocaban tambores y otros instrumentos musicales. Se escuchaba, en definitiva, un ritmo brasileño, pero no sabría decir cuál, sonaba como si fuera capoeira. Los Arcos da Lapa fungían como un acueducto que abastecía a la ciudad en la época colonial. Según Wikipedia, están integrados por 42 arcos y conecta, a través de un tranvía eléctrico (bondinho), a Lapa con Santa Teresa, dos barrios muy pintorescos y populares en Rio. Es un lugar bonito e imprescindible en una visita turística, sin embargo, los encontré descuidados y la zona desolada, aunque después descubrí que no era el mejor día de la semana para recorrerla.
La gente que veía en la calle me pareció una mezcla cultural interesante pero extraña a la vez, que sin duda le da identidad a la ciudad. Es una identidad multicultural, donde las pieles negras y blancas se mixturan. Paseando comencé a tener hambre, pero estaba indeciso entre comer o no. Al final decidí no hacerlo y creo que mi estomago lo agradeció, continuaba acostumbrándose a esa experiencia.
Regresé al hostal decidido a tomar un baño y a dormir. Y así lo hice.


Para una mejor experiencia lectora acompañe el texto escuchando Let Me Take You To Rio del soundtrack de la película Rio, interpretada por Ester Dean y Carlinhos Brown. :D